Hay días en los que te levantas cansado sin haber hecho nada especialmente agotador, con esa sensación rara de que el cuerpo va por un lado y la cabeza por otro, y justo ahí es donde empieza a tener sentido hablar de psiconeuroinmunología en A Coruña, porque no estamos hechos de compartimentos estancos, sino de un sistema increíblemente conectado donde lo que piensas, lo que sientes y lo que vives acaba influyendo en cómo responde tu organismo frente a infecciones, inflamación o dolor persistente. No es algo etéreo ni místico, es biología pura con nombre y apellidos, mediada por hormonas, neurotransmisores y señales químicas que circulan constantemente entre el cerebro, el sistema nervioso y el sistema inmune.
Cuando una persona vive en estado de alerta casi permanente, con estrés laboral, preocupaciones familiares, falta de descanso real y una dieta que muchas veces va a trompicones, el cuerpo interpreta que está en una situación de amenaza constante. En ese escenario, se activan mecanismos que en su origen estaban pensados para sobrevivir a peligros puntuales, no para mantenerse encendidos durante meses o años. El cortisol se mantiene elevado, la inflamación de bajo grado se vuelve crónica y el sistema inmune empieza a funcionar de forma errática, a veces reaccionando de más y otras quedándose corto, lo que explica por qué muchas personas alternan entre infecciones frecuentes, brotes inflamatorios, problemas digestivos y dolores musculares que no terminan de desaparecer.
Lo interesante es que las emociones no se quedan flotando en el aire, sino que tienen traducción bioquímica. Una tristeza prolongada, por ejemplo, no solo afecta al ánimo, sino que se asocia con cambios en la producción de ciertas citoquinas inflamatorias, que son mensajeros del sistema inmune. Algo parecido ocurre con la ansiedad sostenida, que altera el equilibrio del sistema nervioso autónomo, empujándolo hacia un estado simpático constante, el famoso modo de lucha o huida, donde el cuerpo prioriza la supervivencia inmediata y deja en segundo plano funciones tan importantes como la digestión, la reparación de tejidos o la regulación fina del sistema inmune.
Desde la práctica clínica, lo que más sorprende a la gente es darse cuenta de que trabajar la gestión emocional, el descanso y la percepción de seguridad puede tener efectos tan tangibles como cambiar la alimentación o tomar un suplemento. Personas con migrañas recurrentes que mejoran al reducir su carga mental, pacientes con problemas intestinales que empiezan a estabilizarse cuando aprenden a bajar revoluciones, o casos de fatiga crónica que encuentran alivio cuando se reorganiza el estilo de vida para salir del modo supervivencia. No se trata de decir que todo está en la cabeza, sino de entender que la cabeza también está en el cuerpo, y que ambos se afectan mutuamente de forma constante.
En una ciudad con ritmo activo como A Coruña, donde el trabajo, el tráfico, la climatología cambiante y las obligaciones diarias forman parte del paisaje, no es raro que muchas personas normalicen el cansancio, el malestar digestivo o los dolores articulares como si fueran el precio inevitable de la vida moderna. La psiconeuroinmunología propone justo lo contrario, que esos síntomas son mensajes de un sistema que lleva tiempo intentando adaptarse a una carga que no siempre es visible, pero que se acumula poco a poco hasta que el cuerpo decide hablar más alto.
También entra en juego la historia personal de cada uno, porque el sistema nervioso aprende desde la infancia qué es seguro y qué no lo es, y ese aprendizaje condiciona cómo se reacciona al estrés en la vida adulta. Las personas que han crecido en entornos impredecibles tienden a tener sistemas nerviosos más reactivos, lo que a largo plazo puede traducirse en mayor vulnerabilidad a procesos inflamatorios y autoinmunes. Aquí no se trata de buscar culpables ni de revolver en el pasado por deporte, sino de entender patrones que siguen activos y que pueden modificarse con herramientas adecuadas.
Otro punto clave es el papel del intestino, que actúa como un auténtico centro de mando inmunológico y emocional. La microbiota influye en la producción de neurotransmisores, en la permeabilidad intestinal y en la activación del sistema inmune, por lo que el estrés crónico, además de afectar directamente al cerebro, altera el ecosistema intestinal, generando un círculo vicioso entre inflamación, digestiones pesadas, intolerancias alimentarias y cambios en el estado de ánimo. Romper ese círculo suele requerir intervenciones simultáneas sobre alimentación, descanso y regulación emocional, no soluciones aisladas.
Lo que suele enganchar a la gente cuando empieza a entender este enfoque es que deja de ver su cuerpo como un enemigo que falla sin motivo y empieza a percibirlo como un sistema que hace lo mejor que puede con la información que recibe. Cambiar la narrativa interna, pasar del “mi cuerpo está estropeado” al “mi cuerpo está adaptándose a un entorno exigente”, tiene un impacto enorme en la forma de afrontar el proceso de recuperación. Esa sensación de estar colaborando con el organismo, en lugar de luchar contra él, reduce el estrés psicológico y, de rebote, también la carga fisiológica.
A medida que se van ajustando pequeños hábitos, como respetar horarios de sueño, introducir momentos reales de descanso mental, comer de forma más regular y aprender a detectar cuándo el cuerpo está pidiendo pausa, muchas personas empiezan a notar mejoras que no dependen de un único factor, sino de la suma de muchos cambios coherentes. Esa coherencia es la base de un enfoque que no busca apagar síntomas de forma puntual, sino ayudar al sistema a recuperar su capacidad natural de autorregulación, algo que, aunque a veces lo olvidemos, forma parte de nuestro diseño biológico desde siempre.