El ritual de la grava y el descampado

El motor se apaga y, de repente, el silencio solo se ve interrumpido por el sonido de mis neumáticos asentándose sobre la tierra compactada. Son las ocho menos cuarto de la mañana y, como cada día, he llegado a mi destino: el «descampado», ese vasto terreno de grava, polvo y líneas de aparcamiento imaginarias que se ha convertido en el prólogo ineludible de mi jornada laboral.

No es el Aparcamiento barato subterráneo de la empresa, con sus plazas numeradas, su iluminación aséptica y esa barrera automática que te saluda con un pitido electrónico. No. Este es el reino del «low cost», el santuario de los que nos negamos a pagar una fortuna diaria por dejar el coche quieto durante ocho horas. Aquí, la tarifa es ridícula (o a veces inexistente), pero el precio se paga de otras formas: con la habilidad de un jugador de Tetris para encajar el coche entre un SUV mal aparcado y una columna de hormigón olvidada, y con la resignación de saber que tu vehículo acumulará una fina capa de polvo grisáceo antes del mediodía.

Hay una extraña camaradería entre los que aparcamos aquí. Nos cruzamos con miradas de complicidad, maletín en una mano y las llaves en la otra, calculando mentalmente la ruta más seca para evitar los charcos que la lluvia de anoche dejó como trampa mortal para nuestros zapatos de oficina. Es un baile curioso: ejecutivos, administrativos y becarios saltando sobre el barro con una dignidad precaria, unidos por la economía de guerra y el pragmatismo urbano.

Sin embargo, he aprendido a apreciar este momento. Los diez minutos de caminata desde este terreno baldío hasta la puerta de cristal de mi oficina se han convertido en mi cámara de descompresión. Es el tiempo justo para escuchar tres canciones, para organizar mis pensamientos antes de la primera reunión o, simplemente, para respirar el aire de la mañana antes de confinarme en el aire acondicionado.

Dejar el coche aquí, en este margen imperfecto de la ciudad, me mantiene conectado con la realidad. Me recuerda que, aunque pase el día entre hojas de cálculo y correos urgentes, mi día empieza y termina pisando tierra. Al final, cuando vuelvo por la tarde y veo mi coche esperándome fielmente bajo el sol o la lluvia, siento una pequeña victoria. He sobrevivido a la jornada, he ahorrado unos euros y, sobre todo, he mantenido mi pequeño ritual de imperfección en un mundo que a veces parece demasiado pulido.