Cuando mi pareja y yo decidimos que había llegado el momento de ampliar la familia, lo hicimos con toda la ilusión del mundo, pero también con un mar de incertidumbres. Queríamos lo mejor para nuestro futuro bebé y para nosotros, y en medio de esa vorágine de preparativos y consejos, tomamos una decisión que, sin saberlo, se convertiría en nuestra mayor tranquilidad: contratar un adeslas seguro embarazo que cubriera todo el proceso del embarazo.
Al principio, lo veíamos como una precaución más. Sin embargo, desde la primera ecografía, comprendimos la inmensa suerte que habíamos tenido. La posibilidad de elegir al ginecólogo que nos acompañaría en esta aventura, sin listas de espera interminables, nos dio una confianza y una cercanía que fueron fundamentales. Podíamos llamar con cualquier duda, por tonta que pareciera, y siempre recibíamos una respuesta profesional y tranquilizadora.
A lo largo de los meses, cada prueba, cada analítica y cada monitorización se realizaban con una agilidad que nos permitía disfrutar del proceso sin el estrés añadido de la burocracia. Tuvimos acceso a pruebas importantes, como el test prenatal no invasivo, con unas condiciones muy ventajosas, lo que nos aportó una serenidad impagable. No se trataba de lujos, sino de sentir que teníamos el control y el mejor cuidado posible a nuestro alcance.
El momento del parto fue la culminación de esa sensación de seguridad. Poder contar con una habitación individual en el hospital fue un regalo. Ese espacio íntimo para nosotros tres, donde pudimos vivir las primeras horas de vida de nuestro hijo con calma y sin interrupciones, no tiene precio. Además, el seguimiento posparto, tanto para la madre como para el bebé con su propio pediatra desde el minuto uno, fue la guinda del pastel.
Mirando atrás, sé que tomamos muchas decisiones en aquellos meses, pero ninguna tan acertada como aquella. Nuestro seguro de Adeslas no fue un simple papel; fue nuestro ancla, la red de seguridad que nos permitió vivir el embarazo y el parto con la única preocupación de disfrutar de cada segundo. Fue, sin duda, la mayor de nuestras suertes.